¿DERROTADO O VICTORIOSO?


Leamos Salmo 13:2-6 “¿Hasta cuándo tendré que luchar con angustia en mi alma, con tristeza en mi corazón día tras día? ¿Hasta cuándo mi enemigo seguirá dominándome? Vuélvete hacia mí y contéstame, ¡oh SEÑOR, mi Dios! Devuélvele el brillo a mis ojos, o moriré. No permitas que mis enemigos se regodeen diciendo: «¡Lo hemos derrotado!». No dejes que se regodeen en mi caída. Pero yo confío en tu amor inagotable; me alegraré porque me has rescatado. Cantaré al SEÑOR porque él es bueno conmigo.”


Al igual que el autor de este salmo, muchas veces hemos hecho nosotros también las mismas preguntas sin tomar en cuenta que las Escrituras nos enseñan que nuestro Padre tiene planes de bien y no de mal para sus hijos, dicho en otras palabras; si realmente somos hijos, la angustia y la tristeza no forman parte de nuestro diseño. Obviamente que no estamos exentos de sentir desánimo en algún momento, pero la desesperación no debe ser nuestro estilo de vida.


Recordemos que “todas las cosas ayudan a bien a los que aman al Señor y a los que conforme a su propósito han sido llamados.” Es decir, quienes están consientes de ser hijos y aun más quienes aman (OBEDECEN) a Dios y tienen el propósito del Padre palpitando en sus corazones, pueden vivir seguros. Aun cuando circunstancias y problemas aparecieran a su alrededor, no por eso pierden la paz y el gozo pues están tan convencidos de quien es su Padre, su amor y bondad que no prestan oídos a las voces de miedo e incertidumbre que se puedan levantar.


El salmista dice “Hasta cuando…” y la respuesta es: hasta que los ojos de nuestro entendimiento sean alumbrados, es decir, hasta que nuestro espíritu se haga uno con el Espíritu de Dios, cuando esto se da, su gozo y paz son transferidos a nosotros. Cuando nuestros “ojos” ven la luz, todo nuestro ser se llena de ella.